− La verdad es que ya me tienen cansada, estoy harta! exclamaba Silvia mientras ingresaba a la oficina.
− ¿Qué te sucede Silvia? – Preguntó Mara.
− Esto es increíble! La nueva versión de la aplicación que entregaron es un desastre! Literalmente. Está llena de errores, no funciona nada!
− No puede ser! – exclamó Mara con tono de furia en su voz – Hemos estado trabajando hasta altas horas de la noche, asegurándonos la calidad de la aplicación!
− Claro! Horas extras totalmente desperdiciadas. Yo no re-cuerdo la clave y la aplicación ni siquiera me da la opción de recuperarla, primer error, estuve como dos horas hasta que logré recordarla. Una vez que ingreso, el menú de opciones tradicional ya no está en su lugar, segundo error, ¿A quien se le ocurre mover un menú de lugar? Una in-competencia total! Además tengo que hacer 10 clics para llegar al informe, tercer error, y contando! Por favor, solucionen eso! – terminaba de indicar Silvia mientras dejaba la habitación.
− ¡Ay, que mujer insoportable! No veo la hora de que se jubile, nunca valora nada de lo que hacemos – Decía Mara completamente decepcionada de Silvia.


Acabamos de presenciar una discusión entre Silvia, gerente de marketing, y Mara, líder de proyecto de sistemas. Parece que Silvia no está conforme con la manera en que fue construida la nueva versión de un determinado sistema. Atribuye eso a errores cometidos por el equipo de Mara y, aparentemente, tampoco valora el esfuerzo invertido. En definitiva, otra típica interacción inútil, que no resuelve los problemas, sino que más bien contribuye para agravarlos: no hace que las cosas mejoren, deteriora las relaciones interpersonales y aumenta en nivel de tensión y estrés en las personas. Lamentablemente, este tipo de situaciones, son moneda corriente en muchas organizaciones y equipos de trabajo.

¿Cuántas veces has opinado sobre algo o alguien sin ser consciente de que era tu propia opinión? ¿Cuántas veces te sentiste lastimado, insultados, menospreciado por alguna opinión expresada por otro? ¿Cuántas relaciones se ven lastimadas por alguna opinión mal expresada?

Desde hace ya mucho tiempo que el ser humano ha descubierto el poder y la peligrosidad de sus propias opiniones; así y todo, este tipo de situaciones nocivas se sigue dando en innumerables organizaciones, generando las típicas situaciones referenciadas como problemas de comunicación, haciendo del día a día de los involucrados un sufrimiento.

Diferenciación

Cuando digo afirmación me refiero a todo aquello que prácticamente no genera ningún tipo de discusión o diferencia entre puntos de vista, por ejemplo, el nombre de alguien, el color verde, el número cuatro, las unidades de medida, una silla, el nombre de los días, etc. No son discutibles ni podemos modificarlas nosotros mismos; cualquier otro miembro de nuestra misma sociedad puede comprobarlas. Podemos valorarlas co-mo verdaderas o falsas. Ejemplos típicos de afirmaciones en las conversaciones son: “hoy es Viernes”, “me llamo Martín”, “Mariano llegó 10 minutos después de la hora acordada”, “está lloviendo”, etc. Las afirmaciones están basadas en un consenso social que en algún momento hemos hecho para ponernos de acuerdo sobre cómo identificar las diferentes cosas que nos rodean.

Una opinión es un juicio de valor, son afirmaciones sobre la experiencia interna de cada uno de nosotros. A diferencia de las afirmaciones, las opiniones las puedo modificar, no puedo decir que sean verdaderas o falsas, me hablan sobre la forma en que la persona que opina ve el mundo, una persona, al opinar, declara cuál es su posición frente a lo que lo rodea. Ejemplos de opiniones son: “esta oficina es fea”, “Mariano es un irresponsable, siempre llega tarde”, “Alberto es un cliente muy pesado”, “ese error que cometió es un error muy tonto”, etc. Las opiniones que yo tengo sobre mis amigos, mis vecinos, mi trabajo, mi jefe, mi familia, mi pareja, incrementan o reducen las posibilidades de acción que tengo frente a lo que me pasa.

El peligro

El peligro radica en no poder diferenciar entre una afirmación y una opinión. Esta situación puede llevarme a alguna de las siguientes situaciones, provocando un efecto contraproducente para el equipo de trabajo y para la organización:

  1. Falta de identidad: me ocurre cuando no logro diferenciar las opiniones ajenas de las afirmaciones. Entonces, toda opinión que otra persona emita, se convierte automáticamente en un hecho. El peligro de esta situación es cuando las opiniones ajenas están dirigidas hacia mí. Haré, en este caso, todo lo posible por complacer a los demás, inclusive en contra de mis creencias o valores.
  2. Intolerancia: podríamos decir que es el extremo opuesto a la falta de identidad. “Yo tengo razón, y los demás se equivocan”, quien no ve las cosas como yo las veo, está equivocado. En estas condiciones puedo generar un clima de intolerancia y confrontación dentro de mi equipo de trabajo.
  3. Frustración: me identifico aquí cuando no logro diferenciar las opiniones con fundamento de las opiniones sin fundamento; propias o ajenas. Para mí “las cosas nunca resultan como yo quisiera”. Como equipo vivimos repitiendo las mismas formas de trabajo una y otra vez, esperando resultados diferentes. Como nada cambia, nos frustramos. Perdemos constante-mente la oportunidad de analizarnos y rediseñarnos. Parecería que "la suerte” nunca está de nuestro lado.

Ahora imaginémonos una conversación con un compañero de trabajo donde no opinamos lo mismo. ¿Somos conscientes de que son simplemente opiniones? Recibir un comentario negativo sobre un trabajo realizado por nosotros, ¿logramos diferenciar entre afirmaciones y opiniones?

La regla de oro es, como nos dice Fernando Flores, "las opiniones hablan más de quienes las emiten que del objeto de la opinión".


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